19 septiembre 2008

Un breve cuento

¿¡Quién osa atravesar mi morada¡?- retumbaban las paredes, ¡¿Quién se atreve a andar en mis escaleras?¡- Responda- Y el silencio y unos pasos eran los únicos que estaban presentes...
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En el pueblo todo mundo se ocultó, nadie asomaba más allá de una naríz, con temor, con curiosidad, con cosas de rezos y chucherías...
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Una ciega era la que subía aquella morada, grande y gris, seca y sin vida. ¡Claro, era ciega pero no sorda! y de vez en cuando pedía que el ogro no gritara tanto, sus voces eran escuchadas por cualquier lugar.
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La ciega fingía no escuchar pese al ruido tenebroso de relámpagos y centellas, cantaba una melodía parecida a la que las hadas decían para iniciar encantamientos de amor.
"Amor, te querré mientras te quiera, amor te escucharé mientras estés a mi lado, amor..."
-¡Qué tontería se escuchaba en los pasillos!- Cosa cursi que no agradaba al ogro hasta ponerle cierta atención... Miraba a la ciega, mal vestida, mal comida, sin gusto para él, pero entonaba bien la melodía, y descubría lo que decía en ella... Trataba de sobre ponerse... No era fácil aceptar que aquella ciega llegara hasta su trono nada más porque sí. Algo debía pasar...
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Pero ella estaba ciega, lo escuchaba, sí. La miraba, también. Lástima, sus ojos eran lo único bello de aquel ser, pero estaría dispuesto a mirarle un poco más cerca para que pudiera lograr aplastarla como mosca en una mesa.
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La ciega andaba calmada, tarareando la melodía de amor... tal vez funcionaría, tal vez no, era cuestión de osadía. No lo miraba pero sentía su bufar de toro, su paciencia le premiaría.
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Una vez de frente, el se enterneció, y tratando de ocultar una simulada risa, pidió que siguienta diciendo eso que la melodía decía.
-La villa estaba maravillada-
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¿Qué sería lo que le hizo suavizar?
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Las viejas murmuraban: Es por la herencia, las madres auguraban: seguro con ella vivirá!, las doncellas lloriqueaban y las damiselas morían de envidia queriendo ser ciegas... pero sólo eran idiotas.
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El ogro se convenció, no de su mal vestir, no de su poca inteligencia, no de su ceguera inútil... sólo de quererla tal como llegase hasta su fortaleza.
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La ciega se convenció, no de su mal aliento, no de su ridícula y anticuada forma de vestir, no de su infantil mirada, sino de aquello que sabría a ella le haría felíz.
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Ambos acordaron vivir en la morada el tiempo que fuese necesario. Si una bruja llegara y destruyera los ojos y la mente de la ciega, fin del asunto, si veinte caballeros destruyeran a aquel ogro todo sería inicio de nuevo.
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Hoy me lo cuenta un escrito que ví en una piedra de ésta gran muralla: Ciega y ogro estuvieron aqui. La paz sea con vosotros.
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Y con la vuestra también

2 comentarios:

Angeek dijo...

Tiene magia este cuento.
Saludos

SoL LuNaR dijo...

Y al parecer quien maneja el blog también la tiene...