08 octubre 2006

Un amanecer

Un día sin estrés, dejando que el tiempo transcurriera sin que hubiese tensión, olvidando el reloj en alguna parte del comedor él se disponía a seguir mirando el televisor, en bajo, mirando y sin mirar a aquel cuerpo que se encontraba durmiendo junto a él. Pocos minutos de haber transcurrido y sólo atinaba a quedarse sentado, recargado en su almohada creyéndose para sí haber obtenido a la presea mejor ganada. Su cuerpo era suave, su cabello caía por su espalda de forma delicada notando las formas rizadas que una noche antes lucían su cara de manera esplendorosa. No se oía ronquido alguno, sólo un ligero respirar. Era su espalda la que reflejaba sus pulmones en actividad. Y le seguía mirando recordando cómo es que podía haberla llevado a la cama. Una sonrisa, una mirada, un cruce de palabras alagadoras e interesadas en escuchar lo que hacía, en lo que trabajaba, en lo que le importaba. Unos pocos martinis más y su acecho estaría terminado dejando sentir toda su atracción en el acto de amor en el que no había más palabras que aquellas que excitaban a su miembro. Difícil caso el de ella, que salía a divertirse diciendo cosas dulces, abrazando y dejando que su respirar sonara más y más activo en cada palabra que vaciaba al decir que ella lo quería. En sueños desearía a alguien como él. En sueños él sólo desearía tener sexo por siempre con ella. Es terrible un despertar donde todo luce elegante. Caminando descalza sobre la alfombra olorosa, tomando gustos del refrigerador del lugar donde se podía antojar el probar cualquier cosa que en el supermercado podría costar. El sería gentil al verla despertar, mostrando lo mejor que él pudiera regalar. Ya ella esa noche le dió lo mejor de sí y no hacía más que corresponder a un buen trato tácito. Estaría ella un rato más, y a él se le antojaría un beso más. Ambos sumidos en un tiempo del amanecer donde no hubiera prisas, donde las ganas fueran prontas y las caricias divinas en un nuevo lunes, donde todo, del otro lado de la puerta fuese movimiento, ruido y urbanidad. Se dejarían mojar por la lluvia de la regadera. Jugarían el erotismo entre sus cuerpos. Dejarían que se trataran como dos viejos amigos y desayunarían platicando algunos actos de fé. Todo así hasta decir adiós. Todo hasta la despedida donde nunca se sabe qué decir. ¿Un hasta luego sería cordial? ¿Un adiós prudente en lo social? El beso calla a ambos y los divide en calles ajenas. Tal vez al siguiente fin de semana "por coincidencia" se llegaran a encontrar.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Hasta ahora no he tenido una aventura inesperada que decore mis instintos de la forma que las describes, aunque siempre me deje con las ansias de tenerla.

Saludos y buen inicio de semana.

Adrian

Yanett dijo...

Y bien? Ya estas de regreso en casita?
Ese escrito tuyo me deja con las ganas de algo nuevo con mi pareja, o por lo menos algo fuera de la rutina de siempre!, preparaté chicuelo, que ahi te voy, jajajaja....

hera dijo...

Estos despertares en los que piensas: "ojala se repita"...o "como pude......".
Tienen el encanto del descubrimeinto, salga mal o bien..pero a veces creo que hemos trivializado la sensualidad....
¿no lo crees?
Un saludo
Hera

Ileana dijo...

Mmm... un adios educado, me encantó la frase!

Se acerca ya al tono de los escritos que decías unos días más abajo que te provocaban, jejeje.

Un abrazo

Aletz dijo...

escríbeme la próxima ocasión que vengas a pueblo quieto; quizá podamos hacer ruido como tus vecinos de la vez pasada...besitos

RAYDIGON dijo...

Me gusta jugar al erotismo Doc.

;o)Besitos