02 marzo 2007

Un gato

Soy un gato, muy vago por cierto, sin culpa de mi dueño. Me hice así desde pequeño cuando todos mis hermanos jugueteaban apenas en el patio del Rancho.
Donde nací era diferente a ésta gran ciudad. Siendo uno de los 9 que se criaron, me alegró ser de los más listillos. Aunque la mayor de mis hermanas siempre era la ganona de la comida y la leche. ¡Ah rejija gata malora! acusaba de todo y por todo a nosotros sus hermanillos shirgos.
Por olor adivinaría quien fue mi padre, porque en el rancho habría más de tres machos que adoraban a mi madre, pero preferí dejar la duda hasta que mi madre muriera. La vida con el gallo cantante era de lo más apacible.
Cuando Doña Chatita nos alimentaba todos corríamos levantando la cola lo más alto que pudieramos, casi caminando de puntitas, melosos hipocritones para que compadeciera de nuestra hambre y se olvidara de las travesuras que hacíamos a los pollos, sus manteles, al Perro Campeón y al abuelo Tato.
Mi vida hubiese seguido igual de no ser por el Hijo de la Doña, El Joven Ramón, que estudiando medicina en la gran urbe, decidió tenerme desde pequeño por compañía.
Me llevó en una caja llena de hoyos en donde me volví el gato más marica de todos los tiempos... era pequeño y no sabía si me llevaba al matadero.
Y vivimos en unas habitaciones pequeñitas, tanto que yo prefería estar en una cuando sabía que iba a trasnochar leyendo o estudiando. Poco le conocí de fiesta hasta que finalmente fue un gran doctor. Gracia suya la de quererme aplicar medicinas asquerosas de humano cada vez que me sentía decaído. Mala pata. Husmear por los rincones no traía nada bueno y menos en el menester de copiar lo que otros mininos hacían en la vecindad.
Mi vida giró una vez que ejerció. Ya más desprendido de mí, emigramos a una casa de verdad, con un jardín en serio, lleno de vecinos que ladran y una que otra damisela gatuna. Me volví un Dandy.
Ciertas gatitas merecían la pena. Eran bombones dignos de ganarse toda una noche de maúllos y flirteos arañando a los rivales hasta que éstos se dieran por vencidos. Me volví proxeneta de las mejores gatitas del lugar llevándolas a barrios donde sabía que podía caer buena clientela.
Mi hogar de verdad eran las calles aunque de vez en cuando volvía a la casa del Doctor, quien por cierto, alguna vez me cachó llevando a una amiga que a punto estaba de reventarle su vientre para traer a la vida a una docena de gatitos más. El buen amo me echaba porras, creyó que era el padre... pero no. En ese tiempo semejantes paquetitos de bolas con patas no eran mi hit. Lo hacía por amistad de ayudar a la pequeña quien con el tiempo se convirtió en mi mejor amiga y confidente. Gata sabia y agradecida que me salvó más de dos veces el pellejo de los barrios bajos. Gran señorona de clanes llegó a ser.
Volviendo a mis rutinas sin que me faltara comida o lechita siempre prefería amanecer en la casa y una vez desenfadado emprendía por la ventana, cruzando los techos de los vecinos, la ruta por la cual se llegaba al mercado de mariscos. Ahhhh Apreciable olor que invitaba a volverse ladrón de pescados.
Por las noches, ya entrada la actividad gatuna, daba rondines y cantábamos coplas todos los de la generación Gato noventero. No nos auguraban más de cuatro vidas por disfrutar de bebidas, comidas y desveladas tremendas.
No hay queja, mi vida fue de vago fácil. Sólo una vez me enamoré.
Si, de ese amor que vuelve al gato pendejo cayendo de panza y no de patas de la azotea al toldo de los autos. Me duró poco el querer porque ella estaba enferma. Mi amo y doctor no pudo hacer mucho y le vi llorar junto a mi cuando murió sobre su cama. ¡No deseaba imaginar cómo se sentiría cuando yo muriera de verdad!, temblé por eso.
Claro que más temblé cuando le tocó el amor a él. Vieja cursi y perfumada que lastimaba mi olfato cada vez que llegaba. No eramos empáticos y criticaba mis pelos en el sofá donde se cogía a mi amo. Esa sí que era gata fina, pero no para mis pulgas. Pensé en mudarme a la azotea, dado que ni comída había cuando sabía que yo llegaría. Así me trajo en las andadas hasta que la cambiaron por otra.
¡Gracia mía!
Una rancherita como Doña Chachita, pero en joven y en bonita.
Me quería, me hacía arrullos, me sentí consentido y hasta olvidé en algunos tiempos, de vagar por los barrios. Prefería estar a su lado comiendo hasta palomitas que convidaba mirando el televisor. ¡vida gatuna! Engordé, perdí mi figura y gané el mote de Don Panzón gatón.
...
El tiempo ha pasado, el doctor sigue sus labores y está casado con su profesión. Soy más amante de su novia, porque me paso más tiempo con ella. ¿estaré enamorado de ella?...
Renuevo mis rutinas en los barrios, con amigos, pero ya voy sintiendo la necesidad de pertenecerle a una gatita... o me quedo con la novia de mi amo, sólo que ella no araña ni excita de forma animalesca. Lo veré con el tiempo, mientras tanto celebraré mi tercera vida que hoy estoy por comenzar. ¡Miiiiiaaaauuuu!

4 comentarios:

El Enigma dijo...

... la vida de los animales puede ser de lo mas extraña pero tambien, interesante, aunque fue una vision antropocentrica, excelente Dra

Un beso

El Enigma
Nox atra cava circumvolat umbra

RAYDIGON dijo...

Genial, absolutamente genial y punto =)

Lindo fin de semana con hartos besos DOC. K.

FAUSTO dijo...

que coincidencia, hoy escribi sobre algo que tiene que ver con gatos... me encantan...

me encantó tu cuento-relato
un saludo dra.

Mekishiko.NoNeko dijo...

Pues a mí no me gustaban los gatos; pero al final, al día de hoy tengo una hija gata que vive conmigo, y la verdad es un pequeño avatar ¡nunca lo hubiera imaginado! ¡yo que amaba a los perros, tener un gato!
Pero ya ves, vueltas que da la vida.
Gracias por la historia.

Saludos,